Es probable, ¿será posible? Por Rubén Enríquez
Hay quienes dicen que los argentinos somos como somos porque fuimos como fuimos, lo cual es en parte cierto, ya que desde la profundidad de nuestra corta historia se repiten algunos comportamientos inestables y determinantes. Pero no basta con ello para banalizar, y mucho menos invalidar, cualquier intento por modificarlos.
La mayoría de esos yerros colectivos no tienen justificación, aunque haya kilómetros de biblioteca desde los cuales se los intente convalidar o conmutar. Yerros que se cometieron al nefasto amparo de períodos de dominación política excluyente, con profundas heridas que incitaron, tanto en sucesores como en sustitutos, a etapas de restauración, pretendidamente soberanas, o directamente fundacionales. Así, por ejemplo, es muy difícil de explicar el inveterado acopio que solamente el conservadurismo hizo de la figura y las obras de Domingo F. Sarmiento (sesgándolas a tal fin), o la leonina interpretación que cierta izquierda criolla realizó de un autor como José Ingenieros, incidiendo en su lectura popular. Y cuando los revisionismos intentaron poner algo de orden, siempre hubo quienes (per se o comisionados) se las arreglaron para neutralizarlos, cooptándolos, aislándolos, hasta hacerlos descuidados, reaccionarios o meramente partidarios, con lo cual se privó a la sociedad de cualquier consideración crítica. En esos vagabundeos se nos pasaron los años, hasta llegar al tan mentado Bicentenario, en que va siendo hora de ensayar algo distinto, en razón de los males reiterados, de los secuenciados errores, y de los horrores de diagnóstico. Algo distinto sería, por ejemplo, que la clase política dejara de pelear por las candidaturas para 2011, que abandonara las chicanas y sofismas parlamentarios, que desistiera de las operaciones de prensa, que repudiara la mentira como mecanismo, que renunciara a privilegios sectoriales, que invalidara y aislara a los corruptos, que lograra acuerdos enaltecedores a favor y no en contra, que no buscara la denigración ni el agravio, que auxiliara a la Justicia, que fortaleciera la República, que fomentara el federalismo. Pensemos por un instante qué sucedería si la mayoría de los políticos (en roles ejecutivos, legislativos, o delegados en la función pública) hiciera eso. ¡Pues sucedería algo fantástico! Lejos de la rosca, liberados de la trituradora moral, fuera del laboratorio de la maldad, estos hombres y mujeres no tendrían ante sí más que a la gente y los problemas a resolver. Es decir que estarían en estupendas condiciones para gobernar, legislar y cumplir con la responsabilidad para la que fueron designados. No es una utopía, es una responsabilidad que deberían asumir. Detrás de ellos marcharía el pueblo, sin resignar particularidades, diferencias ni militancias, pero en constante progreso, porque la cabeza que conduciría al cuerpo social estaría despejada, sana, en aptitud de liderar y administrar el bien común. Sería un verdadero giro copernicano, que a punto de cumplir 200 años de historia, nos merecemos como Nación, y que deberíamos intentar. No hacen falta publicitados pronunciamientos, formulaciones revolucionarias ni efervescencias nacionalistas; se trata, nada menos, que de cumplir con el aserto que un gran Presidente argentino formulara al decir: “Con los dirigentes a la cabeza…” |
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UN 2010 DISTINTO


































































