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La Argentina electoral Por Rubén Enríquez
Un estadista sin Estado, el esposo de la actual Presidenta, el vicepresidente del oficialismo que va por la oposición, un ex gobernador oficialista que va por la otra oposición, un colombiano nacido en Bogotá que va por un desprendimiento de la otra oposición, un jefe de gobierno procesado que ya perdió los reflejos opositores, junto al único candidato que lidera las encuestas pero no quiere ser candidato. Todo eso junto es la Argentina preelectoral 2011.
Si a ello agregamos que la única dama con pretensiones y en condiciones de competir, termina destruyendo con la misma facilidad que construye sus alianzas políticas, ni siquiera queda la excusa del género. Y si además se suman las convulsiones de la multiprocesadora mediática de cerebros, cuyos dos máximos exponentes (Clarín y La Nación) están sospechados de negocios incompatibles con la dignidad humana, el resultado es uno solo, predecible aunque repulsivamente lógico: a muy pocos les importa la política. Y que a la ciudadanía le importe tres reverendos pepinos la conducta pública de sus representantes, uno de los cuales será el primer magistrado de la Nación, es un fenómeno extremadamente preocupante para cualquier sociedad. Quizá ese prodigio ocurrió alguna vez, por poco tiempo, en países que tenían resuelta la distribución de la renta, la presión fiscal, la educación, el empleo, la jubilación, la actividad bancaria, la estabilidad inflacionaria, etc. Por mi parte descreo, con dígitos y estadísticas en mano, que haya algún país colectivamente tan descabellado para el cual la elección de un presidente haya sido o sea un mero trámite administrativo. Ese era el argumento de los economistas liberales ortodoxos -y que repetían los vernáculos, como Álvaro Alsogaray-, cuando predicaban que si se aplicaban sus recetas, dogmáticas, imperativas y cruentas, la economía quedaría resuelta y sólo restaría elegir, casi como una formalidad, al próximo presidente o primer ministro en cada período. El mismo argumento con el que seguían remachando, con absoluta necedad, sus sucesores neoliberales, hasta que la bomba de especulación financiera explotó en los Estados Unidos en forma de megaestafa inmobiliaria, arrastrando en la crisis a toda Europa. Esa nefasta y nefanda etapa terminó con George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar, aunque perdure en la Italia de Silvio Berlusconi, con ligeros toques de aquelarre. Bastaría con evaluar a conciencia las consecuencias terribles de ese fenómeno global de «Business Process Management», para asumir que no hay disculpas si la Política no retoma el control de la economía, el rol del Estado y fija las prioridades de la administración. Y la Política, después de la gestación ideológica y la formulación científica, se desarrolla mediante el accionar de los hombres y mujeres que la convierten en propuesta electoral y realidad social. Al alcance de todos, no de unos pocos villanos, testaferros y privilegiados. No está mal que haya dirigentes que propongan privilegios para las minorías. Si no violan la ley, serán dirigentes de minorías y representarán a pequeños grupos. Lo que no tendría que permitir más la sociedad argentina es el disfraz demagógico, la pretensión de ser el simpático y multicolor Piñón Fijo cuando se es, apenas, un rulemán oxidado. Aquí volvemos al punto de partida: la cordura y la conducta de la dirigencia. En cuanto a la cordura, es lamentablemente común -siempre sucedió-, que el poder enferme a los gobernantes de diversas maneras. Una de las más peligrosas y frecuentes es la construcción autoreferencial, según la cual Dios, la Providencia o un poder supraracional, los ha seleccionado para conducir a los pueblos. Es una situación anormal que en el pasado se resolvió y absolvió mediante el recurso mitológico, y que hoy es materia para psiquiatras y patólogos. En cuanto a la conducta, diferente es la situación de aquellos que se olvidan a propósito de dónde salieron y cómo llegaron; para esos está los Códigos Civil y Penal. Los políticos en la Argentina saben que viven en una nube de gas. Lo admiten en privado, lo niegan en público. Con mucho esfuerzo hacen hasta lo correcto para subir un puntito en las encuestas, y cuando comprueban que están en el horno de la consideración pública, dicen con gesto estoico: «No es tiempo de candidaturas, hay que gobernar». De la caterva de candidatos en danza hasta ahora, hay uno solo que no tiene responsabilidad personal de gestión, y bien pueden dedicarse a rosquear tiempo completo, viajar o escribir libros. Los demás tienen responsabilidades que atender en las cámaras legislativas. Sin embargo, a todos los cruza la misma circunstancia (por éxito profesional, empresario o vaya a saber por qué): ninguno tiene problemas de economía doméstica, no juntan los pesos para pagar la luz, el gas, el teléfono, no viajan ida y vuelta apretados en el Roca, en el Mitre ni en el Sarmiento, no tienen temor por la inseguridad porque poseen custodia asignada, ni carencia de techo propio, ni tendrán problemas de jubilación, y tampoco necesitarán los $220 de la Asignación Universal por Hijo para ninguno de sus descendientes. Son los exponentes del «Que se vayan todos», que se quedaron todos. Si entienden la curva de inflexión que la tolerancia popular les está marcando, serán quienes permitirán que la palabra Política se vuelva a escribir con mayúscula. Si no lo entienden a tiempo, serán los responsables de que la política siga asociada a los negocios privados y privativos, al beneficio individual inexplicable, y a las declaraciones juradas de bienes personales y patrimoniales truchas. Obviamente hasta que truene el escarmiento, porque la saciedad tiene tiempo, el hambre no. |
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