Las noticias
Notas sin publicar Por Rubén Enríquez
Esta semana entrevisté a un diputado y un senador, ambos en la misma tarde-noche del congreso nacional. El primero es de la provincia de Buenos Aires, el otro de una provincia del norte argentino.
Uno es de andar acelerado, con ritmo de gran urbe, traje negro impecable, mucho lenguaje técnico y un completo andamiaje tecnológico encima. El segundo campechano, de metáfora simple, de hablar lento y con tonada. El primero habló de «constructivismos referenciales para la inclusión»; el otro citó a Jauretche. Si tuviera que definirlos de un modo general, de uno diría que es la imagen de Isidoro Cañones, y que el otro tiene un trasunto del viejo Vizcacha. Pertenecen a bloques enfrentados, ninguno es oficialista, y tienen entre sí una diferencia de apenas cinco años de edad. El reportaje con el diputado, que tuvo una duración de veinte minutos, fue interrumpido exactamente ocho veces. Para prevenir la novena y no caer en la fatuidad, optamos por terminar la nota de manera informal, como si estuviéramos en la mesa de un bar. ¿Las interrupciones? Tres llamados telefónicos, uno a su celular común y dos a su blackberry. Dos ingresos de su secretaria, para notificarle que tenía que atender y responder su cuenta en facebook -hecho que hizo en mi presencia. Y tres respuestas en twitter. Mientras tipeaba los tweets con una sonrisa en la boca, decía sin mirarme: «ya seguimos, aguantame un poco, lo que pasa es que tengo que estar conectado todo el tiempo. ¡Si acá no respondés, fuiste! Con el senador la cosa fue distinta. Reconozco que llegué a su despacho algo prejuicioso, incómodo para ser preciso. Ni bien me saludó, le dijo a su secretaria: «No me pase llamados», y para que no hubiera dudas posibles al respecto, le dio su propio celular. «Estoy en una entrevista», sentenció con gesto adusto. Vestía una camisa a cuadros y un sweter de punto color celeste. Tuvimos una entrevista sin interrupciones de casi cincuenta minutos. Antes de que algún lector pueda sacar una errónea conclusión, quizás inducido por mi inicial descrición de los hechos, quiero precisar algunos aspectos referidos a las figuras de ficción con las que asocié a los legisladores. Isidoro Cañones es un personaje de historieta, surgido de la pluma y el talento de Dante Quinterno, un playboy ventajero, amante de las carreras de caballos, la noche, los autos lujosos, las mujeres hermosas y ligeras (hoy denominados «gatos»), pero en el fondo un personaje tierno, cínico aunque con límites, a quien por tarambana nunca los grandes negocios le salían bien. El viejo Vizcacha, por su parte, es un personaje surgido de la creación literearia de José Hernández en el Martín Fierro. Era un viejo malo, taimado, de esas personas a las que luego de saludar con la mano, debe uno contarse los dedos para comprobar que están los cinco. Creo que vale la apostilla, no sea cosa que el relato del impecable traje Christian Dior del diputado y su hiperquinesia tecnológica, terminen por ser un demérito ante la campechana imagen del senador y su solemnidad como entrevistado. Entre otras cosas porque, si fuera por la manía del lucimiento y el costoso buen vestir, la campera que colgaba del perchero de uno, superaba con creces el precio del traje negro del otro. Volviendo al tema del contenido de las entrevistas, quiero detenerme en dos puntos interesantes. Primero. Lo que el diputado respondió en el twitter, es lo mismo que declaró mientras duró el reportaje ordenado, pero terminó siendo contrario a lo que habló conmigo «en confianza», con el grabador apagado. Segundo. Lo que el senador declaró al correr de la cinta, fue congruente con su actitud respetuosa y ceremonial mientras estuve en su despacho. Tanto que tampoco perdió la compostura al extenderme la mano y con un par de frases tirar todo lo dicho por la borda. Si se quiere, en el diputado cibernético hay un pequeño rasgo de Isidoro Cañones en cuanto al aprovechamiento de los medios y circunstancias para figurar siendo el «Rey de la noche». Mientras que en el senador hay mucho de Viejo Vizcacha, sabedor de pertenecer a un poder permanente, turbio, y por ello prescinde de la tecnología. A la pregunta de cómo resolver el flagelo de los miles de personas que duermen en la calle con temperaturas bajo cero, el diputado citó fuentes disímiles como Cecilia Braslavsky y Eva Giberti, pronunció términos como «matriz social fragmentada», «quiebre regresivo de la movilidad social» y críticas al enfoque estructuralista. A la pregunta de qué opinión le merecía que esos indigentes pasaran hambre y frío en los portales y escalinatas de instituciones tan simbólicas como el Banco Nación o la Catedral Metropolitana, o emblemáticas como el mismísimo Cabildo porteño, el diputado respondió que era necesario centrarse nuevamente en un autor, Karl Planyi, y estudiar el "speenhamland system», sin descuidar, desde luego, los aportes de Levitt y de Kenneth McRobbie. En el medio los celulares, facebook, twitter, la secretaria, la vida, la verdad, la honradez. Al saludarlo y despedirme, aseguró: «Lo de los pobres nunca tendrá solución, porque son el capital de la política. Con ellos se reconstruyen la derecha y la izquierda, cada una con sus propias canalladas». Lo del senador, como ya anticipé, fue prolijo, recoleto, por momentos decimonónico y hasta aburrido. Con citas pertinentes, de autores reconocibles y aceptados por el colectivo social. Sin principismos desgarradores ni moralina pegajosa. Lo que se dice prolijo y por momentos intachable. Al final de la entrevista, cuando me daba la mano, soltó las dos frases que lo desnudaron. «Acá hay que cuidarse mucho, las tentaciones son grandes». «No lo pueden contar a uno como un voto seguro, porque eso te baja mucho la cotización». Cuando salí del parlamento me senté a tomar un café y repensar el material. Allí decidí que los dos reportajes no servían para nada, definitivamente. No podía publicarlos sin hacer al mismo tiempo mención a las frases finales, confiadas en sendas despedidas, porque sería contribuir al fraude que es hoy la política en la Argentina, entre otras cosas porque el periodismo se convirtió en una infame escribanía para la estafa de los políticos. |
Imágenes Regional Te: (155)729-0263 / (156)985-9397 / (156)985-9401 Todos los derechos reservados. |

EDITORIAL