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EDITORIAL

 

La cama de los gays o la mesa de los pobres

Por Rubén Enriquez

 

Después de la nota editorial que escribí en la edición Nº 1596, correspondiente al viernes 25 de junio, titulada «Conductas Sexuales» referida a las objeciones críticas de la jerarquía católica argentina sobre la homosexualidad y el matrimonio gay, pensé que no escribiría más sobre el particular.

 

No tengo definida una posición personal sobre el matrimonio gay, pero reconozco que la cuestión se enriquece en el debate y probablemente tenga más importancia de lo que muchos suponen.

Decía en esa nota: «Si los principales antagonistas a una petición legal no son capaces de resolver explícitas parafilias en su seno, pierden todo ascendiente y virtud frente a la sociedad».

Porque resulta que la Jerarquía Católica critica y discrimina a las minorías sexuales desperdigadas entre la sociedad, pero las ampara en su seno.

Para hablar sin ambages: a un puto cualquiera se lo condena desde el púlpito; no obstante, si el puto tiene sotana y es un pedófilo se lo cambia de diócesis.

Esta es la realidad, y el Papa en persona pidió perdón por ello el mes pasado en la Plaza San Pedro, del Vaticano.

Nada tiene que ver Dios con esto, ni su hijo Jesucristo. Este es un párrafo clerical, de los tantos y vergonzantes, que ha tenido la Iglesia católica como institución a lo largo de los siglos.

Una de las muestras más conocidas es el «Decameron», escrito por Giovanni Boccaccio hacia fines de la Edad Media,  que tanto influyera en la mentalidad Renacentista.

En la obra, Massetto tenía relaciones con las monjas y abadesas, un joven monje puso en penitencia a un marido para tener, mientras tanto, aventuras eróticas con la esposa. Y ni hablar del abad que confundió a una joven de que tener sexo con él la ayudaría a salvar su alma.

No eran elucubraciones ni infamias del autor, sino el fruto de la miseria burguesa de la época, con la cual la Iglesia medraba.

Otro libro referido a  la capitulación sexual del clero es  «El nombre de la rosa», del semiólogo Umberto Eco. La obra también está datada en el medioevo, y hace especial énfasis en las conductas homosexuales de muchos monjes en una abadía en los montes italianos.  

Si contamos que Boccaccio escribió en el Siglo XII y Eco lo hizo en el XX, es porque nada de contumacia hay en  los relatos; sobremanera además porque el primero murió de viejo y no en la hoguera, y el otro no recibió sino admiración por su obra. Descontando que ambos libros fueron llevados al cine con notable éxito.

¿Por qué otra razón que no fuera el credo y su correlato confesional, habría que aceptar que Dios habla solamente por la boca de la jerarquía católica? En consecuencia, ¿por qué deberíamos «todos» aceptar lo que el funcionario diga, sea éste cardenal, arzobispo, obispo o monseñor?

Hace unos pocos días en Córdoba, el párroco José Nicolás Alessio, de la Parroquia San Cayetano, fue sancionado por apoyar el matrimonio gay.

El sacerdote apostó fuerte al decir: «Esta Iglesia está más preocupada por quién se mete en la cama de los argentinos, que por la mesa de los pobres”. Obviamente fue sancionado por el Arzobispado de Córdoba: se lo suspendió y se le inició juicio, por lo cual está impedido de ejercer el sacerdocio (dar misa, confesar, etc.)

El cura redobló su postura al sostener que esa sanción es “antievangélica e irracional”, y que el obispo de Córdoba, Carlos Ñáñez, es “fascista, retrógrado e incapaz de entender de diversidad”.

No en vano el padre Alessio pertenece al grupo Enrique Angelelli, el obispo de La Rioja asesinado durante la dictadura militar en razón de sus luchas sociales.

Celebro la valentía del cura cordobés, con el mismo énfasis que me avergüenzo del patetismo de los autoproclamados  «Jerarcas administrativos de Dios».

Estos burócratas de la fe convocaron a la grey a marchar el martes pasado ante el Congreso Nacional, para presionar a los legisladores y exhibirse por televisión al país y al mundo. Y hacia allí fue el rebaño, integrado por fieles cuya presencia fue de absoluta validez, pertinencia y coherencia, en tanto otros fueron compulsivamente, al mejor estilo de un partido político.

Estuvieron acompañados por todo el elenco  mediático-evangelista, y por cultos evangélicos decimonónicos. No sea cosa que el mérito sea capitalizado por el cristianismo oficial.

Los burócratas dieron asueto en los colegios confesionales católicos (subvencionados por todos los argentinos), para que los alumnos marcharan, asegurándose la pluralidad generacional y la homogeneidad en el discurso familiar.

La burguesía metropolitana, decrépita y gorila, que tanto se indigna con los cortes piqueteros, y que se pregunta -frunciendo la nariz- por qué esos chicos no están en la escuela en vez de andar interrumpiendo el tránsito en las calles, el martes hizo lo mismo. Sacó a sus hijos de los suntuosos colegios privados (subsidiados por todos los argentinos, católicos, judíos, agnósticos y ateos), y los acompañó por el medio de las avenidas, para demostrar que putos y lesbianas no tienen derechos. Ni los tendrán, si de ellos dependiera.

Una institución religiosa que es beneficiaria de una partida en el presupuesto nacional, asignada para el mantenimiento de sus templos y el salario de sus obispos, no puede constituirse en «estado de alerta y movilización» cual si fuese un gremio de píos y beatos, y menos para presionar a un poder de la república porque se va a sancionar una ley contraria a su credo.

Del mismo modo que no puede haber huelga de fe, ni paritaria de obispos, tampoco puede haber agitación ciudadana sectaria, convocada desde los púlpitos pagos con los impuestos de todos.

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