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Sandro: por siempre el fuego

Por Gabriela Ocampo

 

5-ene-10 (me) - Lo ví, y finalmente entendí. La magia estaba allí, en ese escenario, en ese instante rotundo y sublime que el ídolo construía con una facilidad increíble. Las entradas que recibimos mi hermana y yo de las manos de mi madre fueron la excusa perfecta para conocer a este “dios terrenal” venerado por otras y otros, no por mí, hasta esa noche.

 

Lo ví, y fue suficiente para comprender la pasión que despertaba, y más aún, el cariño que engendraba en todo su público: su porte, su entrega, su energía, la pasión al servicio de una canción, la conversación íntima, afectuosa, cómplice dirigida a hombres y mujeres a los cuales cautivaba, la cadencia de sus movimientos y de su inconfundible, irrepetible voz.

Generaciones tan diversas de argentinos estábamos reunidos allí, con la mirada hipnotizada sobre ese ídolo, que cantaba con un micrófono adaptado para aportarle oxígeno a sus pulmones, sin un atisbo de fractura en su sagrada garganta. Sandro entregaba todo lo que se espera de un artista: calidad, magia, pasión, ternura, profundidad, y un diálogo eternamente instantáneo con su público.

No necesitó escándalos, sólo necesitó la oportunidad para instalarse en el corazón de tantas personas que durante años lo siguieron fieles a su llamado, y hoy lo lloran; nos dejó no sólo sus canciones, sino también su fuego, sus ganas de vivir, su última batalla a brazo partido,

Por siempre su fuego: el fuego con el que comenzó su carrera, es el mismo fuego con el que terminó su paso  por nuestras vidas. Es el fuego con el que salimos mi hermana y yo de ese recital, felices de haber sido testigos de uno de los tantos actos de magia con que un hombre, Sandro, nuestro Sandro, nos obsequió. Recuerdo que, esa noche, en la salida, observando cómo todos, mujeres y hombres, sonreían felices, miré a mi cómplice, y le dije: “le hizo el amor a tres mil quinientas personas al mismo tiempo”. Mi hermana asintió, nos sonreímos, caminamos despacito, y nos guardamos ese fuego que él, Sandro, despertó en nosotras, para siempre.

Por ese fuego, por esa pasión y por esa entrega, gracias, Sandro. Te quedás en nosotros, siempre.

 

 

 

 

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